
comentarios agrupados en la versión catalana
Daniel Sirera, el nuevo presidente del Partido Popular de Catalunya, es
un viejo y gran amigo. Esa condición no le protege del análisis al que
someto a la clase política catalana a diario. Sirera fue considerado
uno de los exponentes más destacados del ala más progresista y
convencidamente catalanista del PP. Durante la época en la que codo con
codo estuvimos remando juntos un mismo bote generacional, sus intentos
por catalanizar el PP catalán y de pedir la comprensión hacia la
realidad catalana en Génova, fueron los más entusiastas de la
estructura global del partido.
En los últimos tiempos, el nuevo líder del PPC ha hormigonado su perfil hasta el punto de recibir el aval de la dirección nacional. En los meses que nos esperan hasta las generales, todo parece indicar que el mensaje del Partido Popular de Catalunya sudará un españolismo radical para tensar hasta el límite aspectos de pura convivencia, como ya pasara con las mesas que solicitaban firmas contra el nuevo Estatut. Confío, no obstante, que Sirera sepa atemperar ese furor vengativo que recorre las desoladas sedes del PP en Catalunya. A su favor juegan aspectos puramente logísticos que le garantizan cierta ventaja con respecto a su antecesor. Piqué no era un líder de partido, no atendía a los cuadros intermedios, no formó equipos, no estuvo en contacto con las juntas locales, no hablaba con la militancia, no hacia caso a su ejecutiva y no se manchaba con afiliados y simpatizantes. El que fuera ministro de Aznar solo jugaba a la política de salón. Sirera es todo lo contrario. Es un obrero de la política y domina el trato con la militancia. Tiempo habrá para analizar la previsible deriva españolista, de bandazo y de sacrificio de la moderación. No debemos olvidar que para la dirección nacional, o sea Acebes, el discurso sonriente de Piqué dejaba huérfano el voto históricamente popular que actualmente está desorientado en Catalunya.
A mi querido Daniel ya le tocará. Ahora me doy el gusto de enumerar los pozos de Josep Piqué y celebrar su fracaso. Ya puedo comerme el caramelo podrido que guardo desde el miércoles santo de 2003. El ex presidente del PP de Catalunya ha sido incapaz en cinco años de diseñar una estrategia propia y de generar un equipo potente que muscularan el partido. Ni el conserje ha levantado una ceja para despedirse de él. Durante su mandato Piqué ha representado una docena de papeles. Desde el catalanismo moderado, suave, hasta posicionarse en firme contra el nuevo Estatut. Este “catalanista convencido que se va por no haber logrado centrar el PPC” defendió las posturas de Génova y justificó delirantes ofensas a Catalunya. Piqué ha demostrado un escaso criterio durante todo este tiempo amenazando con su dimisión en diversas ocasiones. Sus amenazas respondían a una estrategia confusa y pueril como al final ha quedado evidenciado al dimitir porque Acebes arrugó su imagen públicamente ante medio centenar de militantes. Piqué se va por orgullo no por convicciones. Nunca me creí su catalanismo retorcido e intermitente.
Tanto hablar bien de Piqué empalaga y eso es lo que ha hecho la sociedad catalana estos días. Unos para entorpecer el relevo, otros para disimular una satisfacción ante la crisis abierta en el seno del PP, también para debilitar un hipotético sector moderado, centrado y modernísimo grupo formado por Gallardón, Matas, Camps y Piqué. Decorando a este último y recordando que el de Mallorca se fue, el tándem Gallardón-Camps tiene pocos visos de hacerse con el control del PP. Pues tanta gasa y tanto regalo semántico me parecen un error, un tributo inmerecido a un hombre que perdió su credibilidad hace muchos años liderando un PP de pan pringao.
www.marcvidal.cat


